Aquí no solo se viene a comer. Se viene a escuchar el rumor del río Zardón, a sentir el calor de la cocina, a quedarse un rato más sin mirar el reloj. Porque El Molín es mucho más que un restaurante: es una casa con alma.
El Molín de Mingo nació hace generaciones y sigue en manos de la misma familia. Dulce Martínez, su actual propietaria, creció entre el sonido del río y el aroma de los guisos que preparaba su madre en este antiguo molino, convertido poco a poco en punto de encuentro para vecinos y amigos.
De la tradición al equilibrio
Durante años, la carta del Molín fue un homenaje a la cocina asturiana más pura: fabada, pote, verdinas, callos, arroz con pitu, croquetas de compango o de jamón ibérico, y los famosos tortos de maíz con picadillo, carne o huevo, que se convirtieron en emblema de la casa.
Pero tras la pandemia, Dulce sintió la necesidad de cambiar. Con el asesoramiento de Nacho Manzano, apostó por una fórmula más personal: dos menús degustación que cambian cada semana.

Un lugar que florece
El Molín de Mingo luce hoy un sol Repsol y vive su mejor momento. En la cocina trabajan cinco personas, y seis más atienden la sala. Solo abre a mediodía —de jueves a domingo, y todos los días de verano salvo lunes y martes en julio, y lunes en agosto—, pero cada servicio es un pequeño festín: más de un centenar de comidas en un entorno que parece de cuento.
El comedor, el hórreo y las mesas junto al río crean un ambiente que combina lo rústico con lo delicado. Desde los ventanales, el jardín naturalista diseñado por el paisajista ovetense Fernando González se despliega con una belleza salvaje, como si la naturaleza misma formara parte del menú.
La bodega: el otro secreto
La carta de vinos refleja la misma filosofía que la cocina: autenticidad y cuidado. Dulce apuesta por pequeños productores, vinos naturales y sidras asturianas seleccionadas con la ayuda de Juan Luis García, sumiller de Casa Marcial (dos estrellas Michelin y tres soles Repsol).
** Antes de ponerse rumbo al restaurante, un aviso importante: no sigas el GPS. La única entrada es por la N-634, en Peruyes, y merece la pena hacerlo bien. El camino es sinuoso, pero al final te espera un rincón mágico: El Molín de Mingo, un antiguo molino escondido entre montes y ríos, donde la cocina se mezcla con la memoria y el tiempo parece detenerse.
* Fotografías tomadas de las redes sociales del restaurante.







